Para pensar, sentir y reeler

Escrito por una Pepina

Los niños son a la guerra lo que la pasta de moldear a las manos del artesano. Y es que la guerra cumple tan bien con su función que una vez pasado el huracán, sus efectos nefastos y dolorosos son indelebles y perdurables.

Para todo lo que les resta de vida ya que no importa la cantidad de años que por delante tengan, el infierno vivido los impregna y es eterno. Salen maltrechos. En cuerpo y mente. En forma definitiva.
Dicen que nada es definitivo en la vida salvo la muerte, pero una niñez signada por el espanto deviene en un adulto-niño que no ha crecido cronológicamente, pues se le ha amputado su infancia, y por sobre todas las cosas, su inocencia.
Esto, sin perdón de Dios ni de los hombres.

Quienes fueron niños durante la guerra vivieron una experiencia que no han podido olvidar y que en todos dejó su influencia de tal forma que muchos de ellos años después han dejado páginas sobrecogedoras sobre el tema.
Estos son minoría.
Los que no han podido plasmar el horror en papel, por uno u otro motivo, ya sea porque la guerra limitó su capacidad de aprendizaje o su derecho a el, han transmitido verbalmente las vivencias, y los que hemos tenido el altísimo honor de ser sus hijos, todavía no podemos creer la magnitud del atropello del que fueron víctimas.

La infancia es un territorio aún limpio e inocente. Y es justamente esa ausencia de maldad, la indefensión que tienen frente al medio que los agrede en forma brutal lo que otorga un patético relieve, un dramatismo añadido, que quizás en un adulto no fuera tan terrible a nuestros ojos. Siendo que aún en un adulto el atropello es terrible.

Todos son victimas, grandes y niños. No se puede mensurar el sufrimiento. No se lo puede cuantificar. Llora el adulto sus miedos y también lo hace el niño. Ambos lloran sus pérdidas, la muerte y la violencia. Pero no están capacitados de la misma forma para defenderse. La muerte violenta, el sufrimiento injusto al que se ve sometido cualquier ser humano duele, conmueve, moviliza hasta al más insensible. Entonces, qué tanto más nos mueve cuando se trata de niños ya que infancia y guerra forman un binomio especialmente doloroso, porque los niños son generalmente las víctimas destacadas en todos los conflictos bélicos.

Mi madre fue una niña de la guerra.